Guatemala Comunitaria

Por: Quimy De León.

Marco Antonio Molina Theissen era un niño de 14 años, estaba en tercero básico cuando miembros del ejército entraron a su casa, lo detuvieron y lo desaparecieron. Hasta la fecha no se sabe en dónde está.

Su hermana, Emma Guadalupe fue detenida ilegalmente el 27 de septiembre de 1981 por miembros del ejército en el entronque conocido como Cuatro Caminos quienes la llevaron a la zona militar de Quetzaltenango “Manuel Lisandro Barillas”, ahí fue torturada y violada sexualmente. Pese a esto a los ocho días ella logró huir por una ventana.

El 6 de octubre de 1981, un día después de que Emma lograra escapar de sus captores, varios militares vestidos de particular y armados llegaron hasta la casa de sus padres ubicada en la colonia La Florida en el municipio de Mixco en el departamento de Guatemala. Entraron con lujo de fuerza, dentro estaba Marco Antonio, lo engrilletaron, le taparon la boca con Masking tape y golpearon a su madre. Luego lo metieron a un costal y lo tiraron a la palangana de un picop con placa oficial 17675. A pesar de que su madre corrió tras el carro para rescatar a su hijo nada pudo hacer.

Sus padres desesperadamente buscaron a su hijo en hospitales y destacamentos militares. Hicieron varias gestiones ante las autoridades, ante el ejército, ante la iglesia, ante instancias internacionales de derechos humanos y nunca lograron nada. Hasta la fecha la familia de Marco Antonio no sabe sobre su paradero, pero no han dejado de buscar.

El proceso penal

La mañana del 12 de enero 2016 cuatro militares retirados esperaban ansiosos junto a sus familiares y abogados que diera inicio la audiencia de primera declaración por el caso de desaparición forzada del niño Marco Antonio Molina Theissen. Ellos fueron detenidos el 6 de enero de 2016 por una orden de aprehensión y arraigo emitida por el juzgado cuarto el 4 de enero de este mismo año. Los delitos por los que están presos son desaparición forzada, violación agravada y deberes contra la humanidad. Posteriomente el Juzgado de Mayor Riesgo C ligó a este mismo proceso penal a Benedicto Lucas García Jefe del Estado Mayor de la Defensa en 1981, detenido el 6 de enero 2016 junto a otros 17 altos mandos del ejército guatemalteco por el caso conocido como #ZonaMiliatar21Coban o caso CREOMPAZ durante la guerra.

A las once de la mañana después de una hora de espera dio inicio esta audiencia en la sala primera del juzgado quinto de primera instancia penal, narcoactividad y delitos contra el ambiente del departamento de Guatemala.

Hugo Ramiro Zaldaña Rojas oficial S-2 del Estado Mayor, Manuel Antonio Callejas Callejas General de división, Francisco Luis Gordillo Martínez fue comandante de la zona militar “Manuel Lisandro Barillas” de Quetzaltenango, cuando ocurrieron los hechos por los cuales se le acusa. También fue de la Junta Militar que asumió después de dar un golpe de Estado y asumiera de facto la presidencia Efraín Ríos Montt y Edilberto Letona Linares segundo comandante de la zona militar de Quetzaltenango.

La sala es muy pequeña y en ella también esperaban las familiares de Marco Antonio, su madre Emma Theissen Álvarez viuda de Molina, sus hermanas María Eugenia y Ana Lucrecia Molina Theissen acompañadas por defensoras de derechos humanos.

Benedicto Lucas García fue ligado a este mismo proceso penal

El juez Víctor Herrera Ríos que preside el juzgado de Mayor Riesgo C en la ciudad de Guatemala ligo a proceso penal a cinco altos mandos del ejército por varios delitos de Lesa Humanidad que incluyen: Deberes contra la humanidad y por la detención y Desaparición Forzada del niño Marco Antonio Molina Theissen el 6 de octubre de 1981 en el municipio de Mixco, Guatemala.

También por los delitos de Violación con agravación de la pena y Deberes contra la Humanidad por la detención arbitraria de Emma Guadalupe Molina Theissen el 27 de septiembre de 1981 retenida clandestinamente en la Brigada Militar de Quetzaltenango “Manuel Lisandro Barillas” a quien sometieron a tortura, interrogatorios y violación sexual repetidamente.

La audiencia se realizó en la sala del nivel 12 de la Torre de Tribunales en presencia de los cinco sindicados: Benedicto Lucas García, Hugo Ramiro Zaldaña, Francisco Gordillo Martínez, Edilberto Letona Linares y Manuel Antonio Callejas, los cinco militares quedaron ligaros por los tres delitos,  todos permanecen en prisión preventiva en un cuartel militar desde enero del 2016, el juez ordenó que todos permanecerán en prisión preventiva.

Fotografía de Nelton Rivera.

La acusación

El fiscal del Ministerio Publico hizo responsable a los cuatro militares de la desaparición forzada de Marco Antonio Molina Theissen. Para ello cuentan con varias pruebas que determinan el papel de cada uno de los militares.

Hugo Zaldaña Rojas oficial S-2 del Estado Mayor en la Brigada Manuel Lisandro Barillas dirigía el retén militar donde fue capturada Emma en el entronque conocido como cuatro caminos ubicado en San Cristóbal Totonicapán, después fue llevada a la zona militar en donde fue detenida ilegalmente, torturada y violada sexualmente.

Francisco Gordillo Martínez era comandante de la zona Militar a la vez que Ediliberto Letona Linares como segundo comandante son responsables junto a Hugo Zaldaña Rojas por los delitos contra deberes de la humanidad y violación agravada.

Manuel Antonio Callejas y Callejas General de División tuvo la responsabilidad de ordenar nuevamente la captura de Emma Molina Theissen y que desaparecieran a su hermano menor, por lo que a él se le acusa solamente del delito de desaparición forzada y delitos contra deberes de la humanidad.

De los cuatro militares Edilberto Letona accedió a hablar y negó su responsabilidad en los hechos y delitos por los que se le acusa, sí reconoció su cargo como Segundo Comandante en la zona militar y que entonces se encontraba de alta.

 

 


Exhumación en comunidad Xexocom en Nebaj, Quiche. Año 2015. (Antiguo destacamento militar)

 

Por Carlos Fernández.

Desde el año 1998 comencé en las andadas. Para ese entonces estaba con el tema de rehabilitación física a víctimas sobrevivientes del Conflicto Armado Interno –CAI- y tiempo después paré trabajando en temas de reparaciones y devolución del REMHI en el año 2000 que impulsaba la iglesia católica guatemalteca. En esos años, me tocó ir a varios procesos de exhumación, ya que mis compañeros psicólogos creían que el patojo de la facultad de medicina de U privada tenía que sensibilizarse. La experiencia que dejan las exhumaciones de víctimas de violencia del CAI es única. Cada proceso a pesar de ser diferente al anterior, tenía una particularidad: el deseo de los familiares, muchas de ellas mujeres, de establecer el paradero de sus seres queridos.

Recuerdo estar sentado en un paraje mas allá de Soloma, Huehuetenango, ayudando a los antropólogos a llenar fichas de identificación de desaparecidos y escuchar el relato de señoras de avanzada edad que describían con lujo de detalles la forma en que iban vestidos sus esposos e hijos desaparecidos, fecha exacta y hasta que les habían puesto para comer en su jornal. Hubo momentos en los que debo confesar dudé de la exactitud de sus versiones. ¿Cómo era posible que alguien recordara con tanto exactitud después de 25 o 30 años ese tipo de detalles?

Una vez terminada la tarea de documentación y pasado un tiempo tocó regresar a la comunidad al inicio de la fase arqueológica. Se delimitó la trinchera en el lugar señalado por los testigos e inició el proceso de poco romántico debo decir de palear por horas. Conforme se iba profundizando, cubetas y más cubetas de tierra salían de la fosa y por momentos pensé que la gente se había equivocado de lugar. Fuera de la fosa el ambiente era de voces, risas de niños y madres hablando a sus hijos para que no tocaran las herramientas de los arqueólogos. En un árbol cercano, unos psicólogos hacían una suerte de taller psicosocial con los familiares. Había un poco de todo.

Con el pasar de las horas, cada vez había más personas alrededor de la ahora profunda fosa. El ambiente seguía siendo de poca solemnidad, hasta que una de las palas dio con la primera osamenta. Cuando el compañero pronunció las palabras “aquí hay una persona”, se hizo un silencio profundo y así siguió por varios minutos mientras iniciaba ahora una fase más minuciosa del trabajo en manos de los arqueólogos. Brochazo tras brochazo, pequeños picos y palas descubrían etapa por etapa no uno sino decenas de cuerpos apelmazados con manos amarradas, ojos vendados y orificios en el cráneo posiblemente provocados por proyectiles de arma de fuego. De pronto una de las mujeres da un grito de “aaayyy”, se agarra el rostro y llora con un desconsuelo que golpeaba el alma. Era una de las señoras que me tocó entrevistar; una de las osamentas correspondía con el pantalón, cincho, camisa y calzado que ella recordaba. Movía sus manos al cielo, como quien reclama a Dios por tanta injusticia. No entendí una sola de las palabras en idioma maya dichas por la señora en ese momento, pero no hacía falta. Sus gestos y su voz ahogada en llanto eran más que elocuentes.   Me asaltó un sentimiento de culpa por haber dudado he de confesar. Como ella, otros cientos de sobrevivientes tenían intacto el recuerdo del último día que vieron a sus seres queridos.

Ahora que han capturado a 13 militares entre ellos Benedicto Lucas García, hermano del sanguinario genocida Romeo Lucas García (1978-1982) se lleva en tribunales un proceso histórico de justicia. Cientos de familiares han esperado con ansias el tener la oportunidad de sentar frente a la justicia a quienes identifican como responsables de la tortura, desaparición, secuestro y asesinato de sus familiares. No tuve la ocasión de ir a la primera audiencia y dudo tener el tiempo para asistir a otras, pero las he seguido en redes, medios de comunicación y por amigos que si han presenciado. Uno de ellos me relató cómo en la audiencia del día 8 de enero de 2016 habían en la sala dos bandos (faltaba más en ésta Guatemala de la polarización) y cómo se dieron una serie de “incidentes” al nivel de sacarse la lengua, arrugarse la frente, “agredirse tomándose fotos mutuamente” y otra serie de actitudes infantiles.   De los familiares de los militares, no espero mucho. Pero de otras personas y organizaciones sí. Lo que ocurre en esa sala, no es un circo. Es un proceso que lleva años de estarse persiguiendo por los sobrevivientes de la masacres. Las evidencias son contundentes y han sido recabadas de manera científica, pero sobre todo, es la oportunidad única de las víctimas y no de las ONGs de acceder a justicia.

Los abogados del MP y de la querellante tienen tremenda responsabilidad. Ya hubo una experiencia poco agradable con el proceso contra Ríos Montt, en la que el litigio malicioso rindió sus frutos. En esta ocasión no deben cometerse los mismos errores o vicios de proceso que puedan dejar una rendija por la que se cuele un fallo de impunidad. Ojalá y lo tengan claro esta vez. De nada sirve ganar mediáticamente el caso si legalmente el fallo será de impunidad.

Es por ello que regreso al momento en el que se encontró la primera osamenta en aquella fosa que relaté líneas antes. Es momento de manifestar un profundo respeto por las victimas, detener el ruido innecesario y poner atención a lo importante. Acá no se están litigando ideales oenegeros o políticos de la derecha conservadora. Se ha puesto ante la justicia a perpetradores de violaciones a derechos humanos contra población desarmada, violadores sexuales, torturadores, secuestradores y sabrá Dios que otros delitos, documentados, insisto, de manera científica. No es momento de circos. La sangre derramada clama justicia; que las luces, flashes y momentos mediáticos no logren desvirtuar esta larga espera. No hagamos de la justicia un circo y menos aún, ocasión para sacar a pasear luchas ideológicas inútiles.


Foto: Mauro Calanchina

Por: Gustavo Maldonado

La imagen de la ausencia es muchas veces más poderosa que la presencia misma. Quizá esto obedezca a que la imagen de la muerte es acaso la más fuerte que los humanos intuimos y percibimos a lo largo de la vida. Quizá esto también responda a la secuencia de dos sentimientos fundamentales: el de la “ternura perdida”, que es aquel que se genera de la ausencia, en lo íntimo, en la dimensión singular de las personas a quienes se ha arrancado una presencia fundamental de su vida, especialmente cuando esta ha sido arrebatada por medios violentos. La nostalgia de lo que no sucedió, de todo aquel cúmulo de posibilidades de cariño, amor y ternura que dan vueltas en nuestra mente y que no pudieron materializarse debido a la desaparición del otro, de aquellos a quienes hemos amado en cualquier sentido..

Siguiendo la secuencia de lo singular a lo colectivo, ese sentimiento de pérdida se traduce en otro, el de la “Posibilidades imposibles”, es decir el sentimiento de frustración que experimenta un grupo social o parte de este, al considerar las transformaciones que se habrían podido gestar en el plano social, de no haber desaparecido una gran cantidad de humanos cuya presencia física fue arrancada violentamente por creer en la posibilidad de una sociedad más justa y haber luchado por construirla.

A lo largo de este texto me referiré a la ausencia, entendiendo esta como la desaparición física de cualquier humano, producto de la violencia ejercida por el Estado durante el conflicto armado, por razones ideológicas o políticas y/o por cualquier hecho derivado de ella. Esta reflexión parte de la historia social, pero también de la experiencia propia, por considerar que son las reflexiones sobre la vida propia, las que uno puede emprender con mayor propiedad.

En mi caso particular, la estética de la ausencia, aquella que se forja a partir de los anhelos truncados, se hizo presente a través de la poesía, la música y otras manifestaciones del arte de las décadas de los setenta y ochenta. Sin embargo, las formas de expresión de la ausencia que más impactaron en un momento primero mi sensibilidad, fueron las que llegaron desde el contacto con las calles. Paradójicamente, a mi criterio, la imagen de la ausencia es más palpable en ese, que es el espacio público por excelencia, el espacio del encuentro, de la presencia. Un espacio por cuyas calles se pueden escuchar aun las palabras, y los gritos de lucha de los grandes movimientos que han trazado los puntos fundamentales del mapa de nuestra historia.

Corte en el tiempo: vamos unas décadas atrás

Guatemala 1944. Sería imposible desligar el movimiento que el 20 de octubre de 1944 tomó el poder, de su pasado inmediato, de ese caldo de cultivo que con el tiempo fue calando una sensibilidad. Resulta inevitable decir, que esa sensibilidad que se venía gestando, se consolida a partir de la gesta revolucionaria, y que es a partir de ésta, que esa sensibilidad en transformación, empieza a ver materializados los anhelos que un día se pensaron remotos.

Una nueva sociedad se gestaba con el cambio en las formas sociales, materiales y culturales de esta porción de mundo. Un nuevo mundo, un nuevo discurso que se posicionaba como triunfador y por tanto, una nueva estética, entendida esta como el conjunto de formas que componen una realidad concreta. Como esa nueva realidad que se empezó a construir frente a los ojos, con el trabajo y apoyo de una población que salía de una de sus épocas más oscuras.

Esta nueva forma del mundo que se construía frente a sus ojos, forjó en los niños y jóvenes, que nacieron y crecieron durante la década revolucionaria, una nueva sensibilidad. Los niños de la revolución, mamaron de ese mundo, una educación y una libertad que se construían paso a paso frente a su vista, a partir de las cenizas de la oscura caverna de la dictadura de Ubico. Ésta generación de infantes fue creciendo durante el proceso y, años más tarde fueron también testigos del duro golpe que significó, en las condiciones de vida de nuestra sociedad, la llegada de la contrarrevolución y el posterior retroceso y sometimiento a una nueva época de oscuridad. Pero el trabajo estaba hecho en algún sentido, pues esa sensibilidad que se fue forjando en las generaciones nacidas y crecidas durante aquella década, hizo imposible que aceptaran condiciones de vida menos dignas que las que habían vivido durante el periodo revolucionario.

Más temprano que tarde, esta generación, la de los niños de la revolución habría de tomar las calles ocho años después, explotando de indignación desde los establecimientos públicos y la Universidad estatal, en las Jornadas de marzo y abril de 1962. Convertidos ahora en una juventud con sentido social, se rebelaron ante la primera oportunidad que tuvieron de hacer valer su dignidad, levantándose contra el fraude electoral perpetrado en favor de Miguel Ydígoras Fuentes.

Si no hablo de esta generación desde la nostalgia ¿Qué sentido tiene hablar de ella, entonces? me interesa sobre todo situar históricamente a los miembros de esa generación que crece con la revolución y que se levanta en el año 62 y luego del fracaso de ese movimiento, pasan a la clandestinidad o se suben a las montañas. Fueron quienes dieron continuidad al discurso de la revolución e iniciaron el movimiento revolucionario armado. Fueron quienes prendieron la mecha y trazaron el norte discursivo así como la estética de las rebeliones que vendrían. Muchos de ellos y ellas forman parte de esas voces cuya presencia fue arrancada y que pasaron a conformar el coro que nos habla, que nos susurra al oído desde las calles, desde las paredes.

Corte: vamos unos años adelante

Ante la escalada en la actividad y las conquistas del movimiento revolucionario y del movimiento social en las décadas subsiguientes, la represión del Estado en defensa de los intereses de la oligarquía local, no se hizo esperar. Muchas mujeres y hombres empezaron a desaparecer de diferentes maneras. El poder recurrió al terror y la muerte como armas fundamentales para frenar el avance de esas fuerzas vivas que amenazaba su hegemonía.

Fueron arrancadas muchas presencias, muchas vidas. Con su desaparición física, sus rostros fueron apareciendo, pintados sobre las paredes. Sus nombres inscritos en las plaquetas que conmemoran su presencia, fueron naciendo,como pequeños implantes de memoria por las calles. Podríamos trazar una ruta crítica para la comprensión de nuestra historia contemporánea, desde las pintas en las paredes y las plaquetas regadas por el suelo de la ciudad de Guatemala.

Al cortar de manera violenta el impulso de todas esas vidas, se cortaron los finos hilos del diálogo entre generaciones y esto significó un desgarro de nuestro tejido social. Es algo que cargamos casi sin poder evitarlo y que se expresa de manera definitiva en el estado actual de esta sociedad desarticulada, fragmentada y carente de lo básico para la subsistencia. Sin embargo la niñez de la revolución y las siguientes generaciones, no se quedaron llorando sus derrotas.

La historia ha transcurrido, ya es medio siglo desde aquellos movimientos. Entré en contacto con la estética de la ausencia, en las postrimerías de la guerra oficialmente declarada. De forma casi espontanea, me fui adentrando en el universo simbólico que constituyen los muros de la universidad de San Carlos. Esta es una experiencia que compartimos como generación, quienes asistimos como testigos y actores de la decadencia del movimiento estudiantil, en la segunda mitad de los años noventa.

Aquí retomo lo dicho al principio acerca de las “Posibilidades imposibles”. No puedo negar que muchas veces me invade ese sentimiento, que a la vez es el que me lleva a reflexionar acerca de las posibilidades que se perdieron con tanta desaparición. Especulo acerca de lo que sería de esta sociedad, si la presencia de tantas mujeres y hombres no hubiera sido arrancada con lujo de violencia de este diálogo histórico.

Corte: volvamos a la actualidad

A mi juicio hay una pregunta que resulta impostergable: ¿Cómo afecta a la sociedad actual la ausencia de todas esas voces?

La imagen de la ausencia es, muchas veces más poderosa que la de la presencia. En éste país , además de arrancarnos la presencia, quisieron arrancar también la imagen de la ausencia, sin embargo, esa imagen sobrevive y mantiene viva la memoria de miles de humanos cuya presencia fue arrancada, su voz, algunas de sus ideas y aportes a la construcción de formas diferentes de cohabitar en este territorio. El resultado de la desaparición de esos miles de humanos, está a la vista en las formas que adopta el sistema económico- social y en las manifestaciones de la cultura hegemónica, así como en el desconocimiento de nuestra historia, en la desmemoria o en la simple indiferencia. La violencia, la falta de posibilidades y la falta de diálogo son en parte resultado de esas presencias arrancadas, sin que esto demerite el esfuerzo de quienes sobrevivieron.

Además de la primera pregunta que interpela a la historia , hay otra que resulta vital: ¿Qué vamos a hacer para lograr transformar las condiciones que nos ha dejado tanta ausencia?

Habría que dialogar y reflexionar de forma colectiva, para determinar el punto donde se perdió el camino, donde lo borraron. Además de la reflexión, resulta urgente trazar y empezar a caminar por las rutas que posibiliten articularnos, fortalecernos y, partiendo de una visión histórica, echar para adelante. Debemos dejar a un lado la sola nostalgia por la historia y los lamentos inútiles, sin olvidar lo que ha sucedido.

Es claro que en la desarticulación, en el desconocimiento de nuestra historia y en la indiferencia actual, pesan muchos otros factores, como la estrategia contrainsurgente impulsada por los medios de reproducción ideológica del sistema, así como los medios modernos de comunicación y la cultura de la pantalla, ampliamente arraigada en las juventudes de nuestro tiempo, pero esos son otros temas.

Hay que aprender de esta parte de la historia y de la persistente imagen de la ausencia, esa que nos grita desde las calles. Requerimos de herramientas que nos ayuden a ir saliendo de este punto, aparentemente muerto de la historia que nos oriente en dirección del porvenir y nos muestre todas esas posibilidades que la violencia del poder ha pretendido mostrarnos como imposibles. De imposibles nada, hay que poner este país al día.