Guatemala Comunitaria

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Por: Santiago Bastos – Prensa Comunitaria

El momento histórico en que estamos hace ver la necesidad de acabar con el Estado contrainsurgente que hunde sus raíces en la contrarrevolución. Estamos en condiciones de pensar en desmontar la trama cruel que este país ha heredado desde la colonia. Ése debería ser nuestro horizonte mínimo, el objetivo al que por decencia y coherencia deberíamos aspirar como sociedad.

Ha pasado poco más de un mes desde que las revelaciones de la CICIG dieran lugar a  una respuesta ciudadana que aún parece increíble, pero que ya forma parte de la historia de este país y de la de cada uno de nosotros. Los desbordes humanos con la creatividad desplegada en sus carteles; las capturas, renuncias y reacciones de gobernantes y demás políticos; y lo que todo esto puede significar para el futuro de este país –tan necesitado de futuro-, han dado mucho que hablar y que leer.

Se trata de uno de esos acontecimientos que hacen pequeños a los foros de la prensa “permitida”, llenan las redes sociales y ocupan las conversaciones de todos los días. No es para menos, como en muchos de estos espacios se ha escrito, estamos en un momento único en mucho tiempo, y que puede dar mucho de sí.

Así que, aún con el miedo de caer en el peligro de que los hechos rebasen los análisis, quiero proponer algunas ideas y opiniones que den pistas para entender dónde estamos y hacia dónde podemos y queremos ir.

Parto de que la famosa crisis en que nos encontramos se está dando en tres niveles explícitos y simultáneos –y uno más, latente. Todos ellos están estrechamente entrelazados, pero cada una tiene una profundidad histórica y un tipo de solución y unos obstáculos diferentes.

1          La corrupción como norma

El primer nivel es el que podríamos llamar la “crisis moral” que viene del nivel de desfachatez al que había llegado la corrupción que, siendo ya habitual en el sistema político guatemalteco, en este mandato había rebasado todas las normas. Las revelaciones de la CICIG desbordaron el vaso que se había ido llenando con los hechos que todos habíamos ido conociendo.

DSC_0386 copyLa figura emblemática de esta amoralidad rampante es la (ya ex) vicepresidenta con su descaro sin disimulo. La manera en que se saltaba las formas más básicas, llenaron de indignación a esa clase media que se sintió robada, estafada por el gobierno y estalló los primeros días de la crisis como no lo había hecho en el último medio siglo.

Quienes históricamente se benefician de la corrupción mantenida a niveles manejables –el gobierno, el CACIF, la Embajada de USA, los demás partidos políticos y muchos columnistas que representan los intereses de todos ellos- pensaron que la renuncia de Baldetti sería suficiente para desactivar una crisis que pensaban/esperaban que se mantuviera a este nivel. Con ello ya se habría lavado la cara del sistema, se habría calmado a esta clase media que sintió estafada y se podría seguir operando como siempre.

Pero parece que el cálculo de “control de  daños” no resultó acertado. La separación del cargo de otros tres ministros tampoco fue suficiente para contrarrestar los casos de corrupción que se han ido destapando. Por el contrario, parece que hay consenso alrededor de la renuncia de Otto Pérez y la aplicación de la justicia hasta sus últimas consecuencias a todos los implicados en los casos. Incluso sectores y columnistas propensos a la “estabilidad” empiezan a manejar esta tesis que en la calle es unánime.

2          El sistema podrido

Pero no es sólo eso. Lo que los carteles proclaman, las consignas vocean y los articulistas discurren, es que la discusión ya rebasó ese nivel de la crisis, y que la indignación ha llegado a otro más profundo: el sistema político fraguado después del conflicto, desde la “transición” de 1985 y la paz de 1996.

11267163_10200583456744161_2046139677803769811_nEl descubrimiento de la estructura de La Línea ha permitido aflorar el rechazo acumulado hacia un sistema político-electoral que a lo largo de estas últimas décadas se había convertido en un  fraude público. Los partidos creados para la carrera personal de sus dueños, el transfuguismo como práctica cotidiana dentro del congreso, frente  a la permanencia eterna de alcaldes y diputados, las leyes que se aprueban y desaprueban sin ser leídas, la connivencia abierta con podres paralelos y crimen organizado…. Es decir, un sistema en que la representación popular, la independencia de poderes, el bien común y esos conceptos que encabezan la Constitución dejaron paso a la defraudación como tareas centrales del quehacer del político.

Baldizón y su dizquepartido Lider, con su actual consigna de “Nos toca” representan lo peor de este sistema: el político arribista que en su ambición pasó por encima de la democracia y la gente, y por ello está siendo el más señalado por una ciudadanía. Lo mismo pasa con Nicho Barrientos en Xela, uno esos alcaldes eternos “multipartido” al que le ha llegado la presión de la calle.

El rechazo a esta forma pervertida de entender la política ha hecho nacer una de esas expresiones en que la ciudadanía hace poesía cotidiana: las iniciativas de pintar con flores y colores los ilegales carteles con que los partidos invaden impunemente el espacio público.

Todo esto muestra la conciencia de que la corrupción no es más que una manifestación de un sistema político podrido desde sus inicios. Por ello una buena cantidad de propuestas apuestan por las posibles salidas institucionales que permitan aprovechar el momento histórico para corregir el giro de la democracia en la Guatemala post conflicto. Además de los carteles y las consignas que expresan su descontento, cada vez más columnistas certeros y bien intencionados están hablando de reformas a las leyes electorales y de partidos, de convocar a una constituyente, de depurar partidos, juzgados y magistraturas y de vetar reelecciones de alcaldes y diputados. Las discusiones están en los detalles “técnicos” sobre cómo empalmar la situación de crisis con la posible reforma sin salir de la institucionalidad que nadie quiere romper.

Éste es el nivel en el que se juega la crisis en este momento. Tenemos la posibilidad cercana de una reforma al sistema político que nos ha gobernado en los últimos, pero no es algo que vaya ser fácil. Tanto desde el gobierno como en el partido Lider no hay muchas señales de que se hayan dado cuenta de esto. La necedad de Otto Pérez Molina en el puesto, el nombramiento de dos dinosaurios de extrema derecha como vicepresidente y como candidato; la forma en que Baldizón sigue manejado la impunidad y la violencia, parecen indicar que apuestan a la inercia del sistema fuera de los círculos movilizados.

Por otro lado, ya sabemos –nos lo recuerdan continuamente  los columnistas agoreros- que van a haber “fuerzas mayores” y “poderes fácticos” que van a tratar de neutralizar cualquier posibilidad de que haya verdaderos cambios. Esos siempre han estado y siempre van a estar. Por ahora, se les va forzando a ponerse la corbata de  demócratas si quieren salir en la foto y se van sumando a estas propuestas de reforma política –aunque no les guste. Hay articulistas y medios que se las dan de independientes que ya se asustaron y están empezando a deslegitimar el proceso….

Si el actual gobierno acabara dando paso a una forma de “transición” que diera lugar a unas reformas en los cuerpos de representación y de justicia que permitieran pensar un futuro diferente –empezando por aplicarla a todos los que han robado el dinero que tanta hacía al país-, ya sería ganancia, ya habría merecido la pena todo este esfuerzo.

3       La continuidad del estado contrainsurgente

Pero no basta con llegar a este nivel de la crisis. Muchas de las consignas y de las pancartas, de las mantas desplegadas en estos días, y algunos de los artículos escritos apuntan a una cuestión que creo es fundamental tener en cuenta: reformar el sistema político-representativo es una cuestión necesaria pero no suficiente. Las características de este sistema son una de las facetas que muestran que seguimos viviendo en una sociedad que no ha resuelto sus problemas sustantivos después de una guerra interna, un genocidio y un proceso de paz.

11263003_10200583447583932_7323677783899887395_nLa llegada de Otto Pérez Molina -el comandante Tito de Nebaj en 1982 y firmante de la paz en 1996- a la Presidencia de la República era una de las mejores muestras de esta continuidad del poder militar, y en los hechos se encargó de demostrar que no era en absoluto simbólica. La Línea mostró que también representaba a los militares presentes, al menos desde los años 70 del siglo pasado, en las estructuras clandestinas que combinan la represión y la corrupción. Los relatos sobre la actuación de sus dos antecedentes -La Cofradía y La Oficina- dan pavor no sólo por la capacidad de robo y camaradería que dejan a los sicilianos a nivel de boy scouts. Sobre todo, aterran por la incapacidad / falta de voluntad del resto del sistema político por hacer algo al respecto. Ellos son igual de culpables

Estas estructuras clandestinas no se han dedicado sólo a la corrupción. Tienen que ver con Lima Oliva –Gerardi, la cárceles, el Partido Patriota- y con la Fundación contra el Terrorismo; con las empresas de seguridad y los contratistas, con los testaferros  y socios de las mineras, las hidroeléctricas y también cementeras y cañeras . La sentencia del juicio por genocidio a Rios Montt implicaba  una amenaza a todo esto y por eso hubo que tomar medidas de emergencia –utilizando al sistema podrido.

Todo esto es una muestra más de que nunca se dio la supuesta salida del régimen contrainsurgente. A los culpables de los diversos delitos declarados y comprobados –aunque no juzgados- por la CEH, se les premió entregándoles el Estado como botín y nuestros impuestos como carnada, por haber defendido los intereses de la oligarquía –que nunca ha pagado esos impuestos y sí se ha beneficiado de la corrupción en aduanas.

Porque finalmente los militares sólo son los guardianes de un sistema que históricamente se ha basado en la dominación brutal como forma de acumulación de una minoría. Ése es el problema. Esta continuidad se aprecia en un liberalismo que no ha hecho sino reforzar el carácter oligárquico, estamental  y racista de eta sociedad; que ya era un paradigma de desigualdad, violencia y desprecio en todo el continente. Guatemala sigue siendo una sociedad de desnutrición, represión, salarios injustos, inseguridad,  viviendas precarias, vidas sin futuro.

Este nivel de crisis no está aún planteado abiertamente en el plano institucional, pero es claramente visible en muchas de los carteles y las frases de personas que ven claramente lo que representa la incrustación militar en las tramas del crimen organizado y la continuidad militar en la formas de gobierno que se mantienen este escenario de supuesto post conflicto. Desde ahí se reclama la renuncia del Mayor Tito y se aplaude la salida de su colega López Bonilla -que hasta ahora ha sabido mantenerse en una sospechosa segunda fila-, como responsables directos de la represión de los últimos años, sobre todo a campesinos e indígenas –que ya se están sumando a las manifestaciones en todos el país.

4          El pozo y el agua limpia

Evidentemente, quienes procuran el “control de daños” lo que quieren evitar es que la crisis llegue a plantearse en este nivel –quizá por ello ahora se apuntan a una propuestas que hace una semanas rechazaban. Y hay muchas almas bienintencionadas que realmente quieren una refundación de la democracia, pensando que no es bueno ni necesario que la crisis profundice más. Según ellos, con las  medidas de reforma político-electoral, y tomando la senda que nos llevará a la democracia, se abriría el camino por el que se resolverían los problemas estructurales que este país carga desde hace demasiados siglos.

DSC_0513 copyEs verdad que por ahí puede ir el camino histórico, y hacia allá apuntan quienes reclaman que la asamblea constituyente tenga un contenido popular y plurinacional. Pero a mí me da la impresión de que no va a ser tan sencillo y de que si nos quedamos con esa esperanza, perdemos la perspectiva.

El momento histórico en que estamos hace ver la necesidad de acabar con el Estado contrainsurgente que hunde sus raíces en la contrarrevolución y se ha renovado con el estado neoliberal militarizado. Estamos en condiciones de pensar en desmontar la trama cruel que este país ha heredado desde la colonia. Ése debería ser nuestro horizonte mínimo, el objetivo al que por decencia y coherencia deberíamos aspirar como sociedad. Si no, cualquier reforma constitucional y recambio de partidos políticos va a ser inútil, las empresas y los organismos internacionales van a ayudar a los oligarcas y sus guardianes a que sigamos siendo una sociedad sumisa y explotable.

Llegar a eso no va a ser fácil, hay que tenerlo claro. Y mantenerlo, sería más difícil aún. Parece que por las reglas del juego en que estamos, la vía electoral ha de ser la forma en que por ahora se logren los cambios. Pero si algo estamos aprendiendo en estas jornadas es que hay veces en que la presencia en las calles vale más que muchos votos. Es impresionante ver cómo la convocatoria no decae cada jornada de protesta. En vez de mostrar agotamiento y desmovilización, más gente sale a las calles y cada vez en más lugares. Las muestras de  podredumbre del sistema evidentemente ayudan, pero los carteles muestran que también son los nuevos horizontes que se van abriendo en cada convocatoria exitosa: cada vez hay más que se puede pedir, y cada vez se va pidiendo más. Estar, manifestar, ser parte del cambio es ya un objetivo en sí mismo.

Ésa es la esperanza que estamos construyendo. Cuanto más profundo sea el pozo que cavemos, más fuerte saldrá el chorro, y más limpia será el agua.

5         Epílogo: ¿cavar más?

Hasta aquí, creo que habrá consenso en cuanto a la situación en que estamos, y este artículo debería terminar aquí. Pero no puedo cerrarlo sin por lo menos añadir un nivel más de crisis que percibo. Quizá aún no es tan evidente, pero ya hay síntomas en las mantas, pancartas, algún artículo y en las redes sociales. Es un tema que da para otro texto y se inserta en otro(s) debate(s), pero cruza con y se manifiesta en la situación en que estamos.

10006242_749558801828628_2977872592242143102_n (1)Me refiero a las expresiones que apuntan a que la indignación y el hartazgo no son con estos partidos ni con este sistema, sino con el sistema y con los partidos. El problema no es esta democracia, sino la democracia tal y como la vivimos en estos tiempos. Se trata de la crisis de las formas de hacer política que se está dando en todo el mundo porque, de hecho, en todas partes, los sistemas democráticos han dejado de funcionar como tales, para ser vías de acceso de las corporaciones económicas.

Este nivel de descontento se expresa de maneras diversas. Por un lado, en los debates en torno a la necesidad del voto, el voto nulo y la abstención, que venían de antes y con esta crisis evidentemente toman nuevos derroteros pero no se agotan. Se expresa en la desconfianza general hacia las formas de organización presente en los debates de la izquierda sobre las vanguardias, pero va más allá y se ve en la difícil relación de las movilizaciones comunitarias con las organizaciones nacionales. En esta crisis, aparece mostrando su cara más creativa en la horizontalidad de la autoconvocatoria, sin tarimas ni ordenes ni banderas, ni organizaciones que -esperemos- quieran secuestrarla en un ambiente que recuerda a las asambleas del 15M español y los occupy de New York.

Por eso, éste puede ser un horizonte a plantear como objetivo. Las mentes estratégicas, coherentes y responsables me van a decir que primero hay que ir a lo que ahora es importante, que con resolver lo que tenemos por delante ya es bastante, y que qué ganamos abriendo nuevos frentes de debate.

Pero puestos a cavar el pozo; ¿No será que estamos en un buen momento para pensar por qué otras vías formas podríamos salir de esta crisis? ¿Por qué no empezar a pensar que hay otras formas en que podemos hacer política más allá de las que nos han heredado y actuamos como si  fueran las únicas posibles?  ¿Podríamos aprovechar para quitarnos los corsés de los apóstoles de la urna y la boleta, que nos han impulsado a creer que la democracia es un fin en sí mismo, y no una de las formas para la participación política?

¿Cuántas formas de participación no vemos a nuestro alrededor y nos podría ayudar a salir de este atolladero histórico en que nos encontramos!

Cavando más hondo, seguro que aparecen. Y nos sirven a todas y todos para mucho mas tiempo.

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