Guatemala Comunitaria

 

Harald Waxenecker

17 de abril de 2015

 Todo parecía funcionar a la perfección; al menos para algunos. Los menos, ciertamente. Aquella cuestión de la democracia se convirtió, -pese a las intrincadas disputas entre cúpulas y arrimados-, en un instrumento funcional para producir acumulación. Cuasi legal para unos y abiertamente ilegal para otros. Complicado, pero funcional.

 Hace 30 años había muchas dudas. Aquella compleja transición democrática desde arriba, -que se inició en la década de 1980-, fue vista en aquel entonces con mucho recelo. Persistían las dudas de las élites tradicionales, porque estaban acostumbrados al monopolio sobre el poder y los privilegios. Predominaban los prejuicios entre los militares, porque habían probado las mieles del poder durante décadas y desconfiaban de todo lo civil. Reinaba el terror y el temor en las mayorías, porque traspasar los límites equivalía desaparecer y morir.

 Tarde o temprano, -en medio de la crisis del autogolpe de Serrano Elías en 1993 y las negociaciones de la paz que culminaron en 1996-, la democracia fue ganando terreno sobre lo autoritario en las formalidades del sistema político guatemalteco.

 Ese paréntesis de la paz también abrió espacios de participación desde abajo. Pero, cuidando ciertos formulismos, se produjo un cierre de facto de estas puertas ante el torrente de una compleja mezcla de liberalización económica y política, la reconfiguración de las élites y la expansión de una criminalidad compleja. Los aparatos clandestinos, el lobby, el soborno, los poderes ocultos, las redes criminales, las zonas opacas y grises, las estructuras paralelas, los  partidos fugaces, la corrupción, la impunidad perenne, los políticos entronizados, las elites eternizadas y los (ex)militares perpetuados se convirtieron en la normalidad democrática del siglo veintiuno.

 Allí es cuando todo parecía funcionar a la perfección. Las fuerzas del status quo convivieron y consintieron conscientemente estas reglas del juego. Son corresponsables. Pero mientras unos acumularon riquezas, las mayorías acumularon su indignación, disconformidad y rabia. Al final, la indignación estuvo siempre allí. Subyacente. La generalidad lo hizo en silencio. No todas y todos, por cierto.

 Y llegó el momento. Primero el 25A y ahora el 16M. El círculo vicioso se resquebraja y la indignación se hace pública. “Guatemala, no te dejes robar otra primavera”, éste es un momento de oportunidad para la democracia. Y esta oportunidad sólo puede surgir desde abajo