Guatemala Comunitaria

Foto: Mauro Calanchina

Por: Gustavo Maldonado

La imagen de la ausencia es muchas veces más poderosa que la presencia misma. Quizá esto obedezca a que la imagen de la muerte es acaso la más fuerte que los humanos intuimos y percibimos a lo largo de la vida. Quizá esto también responda a la secuencia de dos sentimientos fundamentales: el de la “ternura perdida”, que es aquel que se genera de la ausencia, en lo íntimo, en la dimensión singular de las personas a quienes se ha arrancado una presencia fundamental de su vida, especialmente cuando esta ha sido arrebatada por medios violentos. La nostalgia de lo que no sucedió, de todo aquel cúmulo de posibilidades de cariño, amor y ternura que dan vueltas en nuestra mente y que no pudieron materializarse debido a la desaparición del otro, de aquellos a quienes hemos amado en cualquier sentido..

Siguiendo la secuencia de lo singular a lo colectivo, ese sentimiento de pérdida se traduce en otro, el de la “Posibilidades imposibles”, es decir el sentimiento de frustración que experimenta un grupo social o parte de este, al considerar las transformaciones que se habrían podido gestar en el plano social, de no haber desaparecido una gran cantidad de humanos cuya presencia física fue arrancada violentamente por creer en la posibilidad de una sociedad más justa y haber luchado por construirla.

A lo largo de este texto me referiré a la ausencia, entendiendo esta como la desaparición física de cualquier humano, producto de la violencia ejercida por el Estado durante el conflicto armado, por razones ideológicas o políticas y/o por cualquier hecho derivado de ella. Esta reflexión parte de la historia social, pero también de la experiencia propia, por considerar que son las reflexiones sobre la vida propia, las que uno puede emprender con mayor propiedad.

En mi caso particular, la estética de la ausencia, aquella que se forja a partir de los anhelos truncados, se hizo presente a través de la poesía, la música y otras manifestaciones del arte de las décadas de los setenta y ochenta. Sin embargo, las formas de expresión de la ausencia que más impactaron en un momento primero mi sensibilidad, fueron las que llegaron desde el contacto con las calles. Paradójicamente, a mi criterio, la imagen de la ausencia es más palpable en ese, que es el espacio público por excelencia, el espacio del encuentro, de la presencia. Un espacio por cuyas calles se pueden escuchar aun las palabras, y los gritos de lucha de los grandes movimientos que han trazado los puntos fundamentales del mapa de nuestra historia.

Corte en el tiempo: vamos unas décadas atrás

Guatemala 1944. Sería imposible desligar el movimiento que el 20 de octubre de 1944 tomó el poder, de su pasado inmediato, de ese caldo de cultivo que con el tiempo fue calando una sensibilidad. Resulta inevitable decir, que esa sensibilidad que se venía gestando, se consolida a partir de la gesta revolucionaria, y que es a partir de ésta, que esa sensibilidad en transformación, empieza a ver materializados los anhelos que un día se pensaron remotos.

Una nueva sociedad se gestaba con el cambio en las formas sociales, materiales y culturales de esta porción de mundo. Un nuevo mundo, un nuevo discurso que se posicionaba como triunfador y por tanto, una nueva estética, entendida esta como el conjunto de formas que componen una realidad concreta. Como esa nueva realidad que se empezó a construir frente a los ojos, con el trabajo y apoyo de una población que salía de una de sus épocas más oscuras.

Esta nueva forma del mundo que se construía frente a sus ojos, forjó en los niños y jóvenes, que nacieron y crecieron durante la década revolucionaria, una nueva sensibilidad. Los niños de la revolución, mamaron de ese mundo, una educación y una libertad que se construían paso a paso frente a su vista, a partir de las cenizas de la oscura caverna de la dictadura de Ubico. Ésta generación de infantes fue creciendo durante el proceso y, años más tarde fueron también testigos del duro golpe que significó, en las condiciones de vida de nuestra sociedad, la llegada de la contrarrevolución y el posterior retroceso y sometimiento a una nueva época de oscuridad. Pero el trabajo estaba hecho en algún sentido, pues esa sensibilidad que se fue forjando en las generaciones nacidas y crecidas durante aquella década, hizo imposible que aceptaran condiciones de vida menos dignas que las que habían vivido durante el periodo revolucionario.

Más temprano que tarde, esta generación, la de los niños de la revolución habría de tomar las calles ocho años después, explotando de indignación desde los establecimientos públicos y la Universidad estatal, en las Jornadas de marzo y abril de 1962. Convertidos ahora en una juventud con sentido social, se rebelaron ante la primera oportunidad que tuvieron de hacer valer su dignidad, levantándose contra el fraude electoral perpetrado en favor de Miguel Ydígoras Fuentes.

Si no hablo de esta generación desde la nostalgia ¿Qué sentido tiene hablar de ella, entonces? me interesa sobre todo situar históricamente a los miembros de esa generación que crece con la revolución y que se levanta en el año 62 y luego del fracaso de ese movimiento, pasan a la clandestinidad o se suben a las montañas. Fueron quienes dieron continuidad al discurso de la revolución e iniciaron el movimiento revolucionario armado. Fueron quienes prendieron la mecha y trazaron el norte discursivo así como la estética de las rebeliones que vendrían. Muchos de ellos y ellas forman parte de esas voces cuya presencia fue arrancada y que pasaron a conformar el coro que nos habla, que nos susurra al oído desde las calles, desde las paredes.

Corte: vamos unos años adelante

Ante la escalada en la actividad y las conquistas del movimiento revolucionario y del movimiento social en las décadas subsiguientes, la represión del Estado en defensa de los intereses de la oligarquía local, no se hizo esperar. Muchas mujeres y hombres empezaron a desaparecer de diferentes maneras. El poder recurrió al terror y la muerte como armas fundamentales para frenar el avance de esas fuerzas vivas que amenazaba su hegemonía.

Fueron arrancadas muchas presencias, muchas vidas. Con su desaparición física, sus rostros fueron apareciendo, pintados sobre las paredes. Sus nombres inscritos en las plaquetas que conmemoran su presencia, fueron naciendo,como pequeños implantes de memoria por las calles. Podríamos trazar una ruta crítica para la comprensión de nuestra historia contemporánea, desde las pintas en las paredes y las plaquetas regadas por el suelo de la ciudad de Guatemala.

Al cortar de manera violenta el impulso de todas esas vidas, se cortaron los finos hilos del diálogo entre generaciones y esto significó un desgarro de nuestro tejido social. Es algo que cargamos casi sin poder evitarlo y que se expresa de manera definitiva en el estado actual de esta sociedad desarticulada, fragmentada y carente de lo básico para la subsistencia. Sin embargo la niñez de la revolución y las siguientes generaciones, no se quedaron llorando sus derrotas.

La historia ha transcurrido, ya es medio siglo desde aquellos movimientos. Entré en contacto con la estética de la ausencia, en las postrimerías de la guerra oficialmente declarada. De forma casi espontanea, me fui adentrando en el universo simbólico que constituyen los muros de la universidad de San Carlos. Esta es una experiencia que compartimos como generación, quienes asistimos como testigos y actores de la decadencia del movimiento estudiantil, en la segunda mitad de los años noventa.

Aquí retomo lo dicho al principio acerca de las “Posibilidades imposibles”. No puedo negar que muchas veces me invade ese sentimiento, que a la vez es el que me lleva a reflexionar acerca de las posibilidades que se perdieron con tanta desaparición. Especulo acerca de lo que sería de esta sociedad, si la presencia de tantas mujeres y hombres no hubiera sido arrancada con lujo de violencia de este diálogo histórico.

Corte: volvamos a la actualidad

A mi juicio hay una pregunta que resulta impostergable: ¿Cómo afecta a la sociedad actual la ausencia de todas esas voces?

La imagen de la ausencia es, muchas veces más poderosa que la de la presencia. En éste país , además de arrancarnos la presencia, quisieron arrancar también la imagen de la ausencia, sin embargo, esa imagen sobrevive y mantiene viva la memoria de miles de humanos cuya presencia fue arrancada, su voz, algunas de sus ideas y aportes a la construcción de formas diferentes de cohabitar en este territorio. El resultado de la desaparición de esos miles de humanos, está a la vista en las formas que adopta el sistema económico- social y en las manifestaciones de la cultura hegemónica, así como en el desconocimiento de nuestra historia, en la desmemoria o en la simple indiferencia. La violencia, la falta de posibilidades y la falta de diálogo son en parte resultado de esas presencias arrancadas, sin que esto demerite el esfuerzo de quienes sobrevivieron.

Además de la primera pregunta que interpela a la historia , hay otra que resulta vital: ¿Qué vamos a hacer para lograr transformar las condiciones que nos ha dejado tanta ausencia?

Habría que dialogar y reflexionar de forma colectiva, para determinar el punto donde se perdió el camino, donde lo borraron. Además de la reflexión, resulta urgente trazar y empezar a caminar por las rutas que posibiliten articularnos, fortalecernos y, partiendo de una visión histórica, echar para adelante. Debemos dejar a un lado la sola nostalgia por la historia y los lamentos inútiles, sin olvidar lo que ha sucedido.

Es claro que en la desarticulación, en el desconocimiento de nuestra historia y en la indiferencia actual, pesan muchos otros factores, como la estrategia contrainsurgente impulsada por los medios de reproducción ideológica del sistema, así como los medios modernos de comunicación y la cultura de la pantalla, ampliamente arraigada en las juventudes de nuestro tiempo, pero esos son otros temas.

Hay que aprender de esta parte de la historia y de la persistente imagen de la ausencia, esa que nos grita desde las calles. Requerimos de herramientas que nos ayuden a ir saliendo de este punto, aparentemente muerto de la historia que nos oriente en dirección del porvenir y nos muestre todas esas posibilidades que la violencia del poder ha pretendido mostrarnos como imposibles. De imposibles nada, hay que poner este país al día.

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